Un mar de plata, el viento y la eficacia

Algún día tendré que explicarle a mis hijos y nietos que un desapacible domingo de octubre de 2018 me desperté antes de que sonara la alarma a las siete de la mañana para darme una paliza en autobús hasta la región más oriental de Andalucía. Cuando me pregunten por qué lo hice, no contestaré. Simplemente esbozaré la mejor de mis sonrisas, la más inocente, y miraré algo azul.

Hay cosas que no se pueden explicar. Todavía hoy soy incapaz de determinar la razón por la cual un día de diario me (nos) cuesta la vida salir de la cama y un día de partido salto con ganas de comerme el mundo. Supongo que será la motivación, el hábito, el hambre de vivir ese chute de adrenalina que te genera un partido de fútbol. Alguien dijo alguna vez que el fútbol era uno de los pocos espectáculos al que asistías sin tener la certeza de cómo iba a acabar. Quizás por eso levanta pasiones. Porque la incertidumbre inicial puede convertirse en frustración o satisfacción por cualquier mínimo detalle.

El caso es que el San Fernando viajaba al Municipal de Santo Domingo, a El Ejido, tranquilo. Sin ninguna urgencia y la ilusión por bandera. El escenario no era ni mucho menos la Nueva Condomina. Que no se me enfaden los celestes. Es un tipo de estadio sin magia. Frío. Que sufre el paso del tiempo y que sabe que su época de esplendor, a comienzos del siglo XXI, con el Poli en Segunda y los Juegos del Medíterraneo en Almería, ha quedado atrás.

IMG_20181021_160804.jpg

Lo que no cambia en la comarca del Poniente almeriense es la ingente cantidad de invernaderos, todos cubiertos en sus tejados por un característico color gris que, uno a uno, todos unidos, provocan una sensación de que, cuando te acercas a El Ejido, estás a punto de entrar en un mar de plata. Curiosamente, era el mismo tono gris que presentaba el horizonte de la playa de Almuñécar en la que hicimos un alto en el camino para almorzar dos horas antes de llegar al destino.

Lo primero que llamó la atención al llegar a El Ejido fue el viento. Si ya de por sí el Municipal de Santo Domingo es un recinto desangelado, imagínenlo con el Dios Eolo haciendo acto de presencia hora y media antes del partido. Añadan a los banquillos con vida propia sin un alma en las gradas y con un servidor mirando al vacío desde la cabina. Parecía el inicio de un thriller. En realidad lo era. Piénsenlo. ¿Hay un género cinematográfico mejor para un encuentro de Segunda B?

Tras el partido, en el viaje de vuelta, tuve la suerte de conversar durante un buen rato con el director de orquesta de un equipo que parece hechizado y destinado a hacer historia. Ahí comentamos las dificultades del equipo en los primeros 20 minutos de partido. La anécdota del míster me hizo soltar una carcajada: “Antes de empezar, Bruno se vino al banquillo con la cara desencajada. Yo me descompuse porque pensaba que estaba lesionado. ‘¿Qué pasa, Bruno?’, le pregunté agobiado. ‘Joder, míster, he perdido el sorteo, atacamos primero con el viento en contra’.

Una mísera cuestión de azar puede determinar el resultado del encuentro. Por eso, a veces creo que en el mundo del fútbol se magnifica todo. Poca gente se da cuenta de ese detalle, pero si Javilillo hubiese batido a Gálvez a los diez minutos, cuando el San Fernando era incapaz de vencer en los balones largos al viento, probablemente nadie glosaría las virtudes, un lunes más, de este equipo. Quizás por este tipo de circunstancias, pueda afirmar sin miedo que el San Fernando está iluminado. Porque cuando una caprichosa ráfaga huracanada te desespera y tienes dudas, ahí está un portero que parece que está en La Isla como un niño en una piscina de bolas.

Esa es otra. Al hacer la parada de rigor en las afueras de Málaga, palpé que los aficionados que se desplazaron a El Ejido estaban en una nube. “Es que hoy no ha jugado este, ni este otro. Es que Fulanito está lesionado, ya verás cuando se recupere”. Y lo piensas bien y Fulanito viene de Tercera y el portero que hoy acaricia el Zamora del Grupo IV, el año pasado tenía un sitio peferencial en el banquillo de una entidad que salvó los muebles y evitó la quema en la penúltima jornada de liga. Que el que hoy parece un mediapunta total fue tildado de descarte en un equipo que descendió a la cuarta categoría nacional.

De camino a El Ejido leí a Eder Sarabia en Panenka afirmar que “no hay jugadores buenos ni malos; hay futbolistas idóneos para un estilo de juego”. Más claro, agua. Eso es el San Fernando. Once futbolistas en el terreno de juego, veinte deportistas en total y centenas de aficionados en las gradas, que confían. Que saben que su equipo va a ser competitivo. Podrá ganar o perder, pero siempre estará ahí.

IMG_20181022_213002

La primera media hora fue dura. Muy dura. Pero sirvió para reafirmar que el San Fernando, como digo, está hechizado. Cumplió con el plan. Empate a cero, tu rival se desespera en su lucha contra el reloj y en su pelea por agradar y redondeas tu primer tiempo con un hachazo. Con hechuras de equipo grande.

Pau Franch Franch. Su nombre evoca a un delantero batallador, ideal para bajar hasta lavadoras del cielo si es necesario. Su objetivo no es golear, sino ayudar, servir de apoyo al equipo. Trabajo oscuro. Muy oscuro. A veces criticado por los clásicos que piensan que, con el 9, es obligatorio anotar 20 goles por temporada. Error. Craso error. Deme tres Paus que se partan la crisma y acabe los partidos repleto de hematomas y dominaré el mundo. Déjese de estrellitas del área, porque Pau también sabe ser un depredador en la zona de castigo. Pregúntenle a Aulestia.

Un jugador con confianza es garantía de éxito. “No le exijo goles a Pau porque las oportunidades llegarán si cumple con su cometido principal”, me comentaba el míster en la vuelta. Dibujé en mi mente la cantidad de balones peleados en las alturas con uno y otro central. Empaticé con Garrido y Sánchez, dos jóvenes zagueros que no alcanzan los 25 años y que no podían zafarse de la presión de Pau. Que por más que intentaban salir con el balón jugado, siempre, en todo momento, se topaban con la oposición de un ariete espigado al que le apasiona el cuerpo a cuerpo.

Quizás en ese tipo de acciones se empezó a cocinar el 0-1. A fuego lento. Diciéndole a los centrales, y lo que es peor, demostrándole, que siempre iba a estar ahí. Y, que por eso, estaba seguro de que la ocasión le llegaría en forma de pase al espacio de Manu Ramírez. Y que, como está seguro de sí mismo, va a atizar un derechazo inapelable al palo corto que le va a insuflar todavía más confianza.

A él y a su equipo, que se va al descanso ganando por su efectividad. El descanso. Ese momento en el que estás satisfecho. En el que piensas en marcharte del estadio ya con los tres puntos. Un pensamiento infantil que luego recapacitas: “Tío, que este resultado ahora no sirve de nada. No te confíes que luego pasa lo que pasa”. Ya saben. Esas paranoias mentales de un chaval que ya ha sufrido mucho con el fútbol. Y con este equipo.

Pero el descanso también sirve para charlar con un buen amigo de aquellas tierras con el molesto viento como invitado de excepción a la conversación. Cuando me quise dar cuenta, el San Fernando ya había vuelto al césped. “Te dejo que esto empieza”, le dije. Llamada deprisa y corriendo para que me dieran línea para continuar la narración. “Rápido porfa, que ya ha empezado”. Estoy dentro, tomo aire y retomo la narración. No hay cambios y…”ojo, cuidado, resbala Garrido, está solo Pau dentro del área…”. Zas. Cero a dos. La confianza. El hechizo. Todo sale bien. Sin control ninguno. Con tu pierna mala. Para dentro.

Por una vez, el San Fernando asalta un estadio enemigo. Por una vez, el San Fernando es el equipo más efectivo. Por una vez, el rival es la escuadra desgraciada en los momentos claves, a la que no le sale nada y que tiene que hacer lo imposible para revertir la situación.

_MG_9676.JPG

Dos cambios de golpe. Cuidado. Hemos tenido que cambiar a Simón porque está lesionado.  Peligro que tienen mucho en ataque. Hay que aguantar ahora. Que no marquen rápido porque se complica todo. Espera. Tranquilo. Balón largo. Fácil. Bruno, siempre Bruno. Pau, mucho Pau. A la carrera. Pletórico cual caballo galopante. Posición ganada y rival cabizbajo que se va a la ducha.

Mejor imposible. Sí. Casi media hora para gustarse. Todo rociado de gasolina y cerilla lanzada a la espera de que el paso del tiempo haga arder Santo Domingo. Disfrútalo. Ten el balón y no lo sueltes. Intenta aumentar tu ventaja y que solo los postes impidan un 0-4. Recuerda aquel partido en Écija, donde todo salió bien menos el resultado, justo una semana antes de recibir al Recre. Compara y sonríe. Final con música de viento. Saborea. Mira a los tuyos abrazándose triunfantes.

Sal de la cabina casi sin nadie en las gradas pero con una alegría tal que casi te abrazas con las butacas. Golpe en la mesa con el mar de plata como testigo. La plata. Ay, la plata.

DqDPdgEWsAAO0-9.jpg

Me acosté a la una y media de la madrugada con una camiseta ancha y un pantalón de pijama que vestían unas piernas fatigadas por tanto viaje. Apagué la luz, cerré los ojos y me entregué al sueño, no sin antes imaginar  algún día a mis hijos y nietos preguntándome por aquel doblete de Pau Franch en El Ejido. “¿También estuviste allí?” “Sí, hijo, también estuve allí”.

Una historia más. Una victoria más.

El fútbol, la vida y un partido más

‘El fútbol es la vida’ fue una frase, un lema, que acuñó un hasta entonces desconocido Antonio Fernández, técnico del San Roque Balompié juvenil de Sevilla para alentar a sus futbolistas. Ese eslogan formaba parte de una charla prepartido en el vestuario. Creo, sinceramente, que el encuentro de este domingo en Nueva Condomina puede verse en bucle con esa poesía a este deporte que eriza el vello.

No. No fue un partido más. Por el escenario. Por el momento. Por la explosión de placer en un descuento fugaz. Por verte superior, sin ningún tipo de vértigo, a un Real Murcia que, a pesar de sus eternos problemas económicos, ha confeccionado una plantilla con el triple de presupuesto más que un San Fernando sin complejos. Valiente. Feroz en la batalla e incansable. Como sus antepasados a comienzos del siglo XIX.

No hay nada mejor que un lunes con los ojos agotados y el cuerpo pidiéndote descanso después de un largo viaje, pero con tu mente disfrutando una y otra vez de ese momento por el que mereció la pena. Por esa satisfacción interior de decir que estuve. Que lo conté. Y que, por supuesto, con y por gente así irías al fin del mundo.

No. No fue un partido más, como digo. Desde el principio. Desde que, en la charla técnica, el míster dejó claro que había que dar el paso adelante. Sorprender a un gigante con pies de barro que no estaba solo centrado en el encuentro. Ninguna sorpresa, claro está, si nos fijamos en el historial de un adiestrador que este domingo estrenó la que puede ser la década prodigiosa en su carrera profesional.

Nueva Condomina. Allí se plantó el San Fernando, un equipo que ha llegado a entrenar este verano en unas instalaciones sin porterías. En un recinto majestuoso con capacidad para treinta mil fieles seguidores que ‘solo’ llenaron diez mil. Supongo que esperaban un triunfo sin alardes de su equipo para mirar con mejor cara los problemas institucionales. Un duelo sin historia que Aquino, Curto, Alfaro, Manel, Héber Pena o cualquiera de esos transatlánticos de la categoría decidirían por su pegada. En definitiva, un partido más.

WhatsApp Image 2018-10-07 at 16.43.32

Pero, como digo, no lo fue en su desenlace, aunque sí en su desarrollo. El San Fernando es un equipo coñazo. De los que gusta presumir y a los que odias enfrentarte. Que no te deja aire y espera, cual felino mirando a su presa, la ocasión perfecta para convertirse en pájaro y desplegarse para intentar su ataque.

Sufrí. Sufrimos. Claro que sí. No era para menos. La amplitud de ese campo te hace ver siempre más rivales que jugadores azules sobre su maltrecho césped. Sin embargo, se aguantó con nota el arreón inicial, ese en el que había que aclimatarse a medir las distancias y a no dejarte engañar por algún efecto óptico desde la cabina. Ese en el que veías como el juego por banda del Real Murcia y la precisión en los pases a la espalda de la defensa te podía costar más de un disgusto.

Por suerte, no fue así. Y un jerezano que conocía de sobra la tierra pimentonera comenzó a pilotar a los de azul desde la medular. El rival se diluyó y el San Fernando creció. Hasta tal punto que tuvo opciones para sorprender al portero. Pablo y Pau, precisamente esos hombres que ya por aquel entonces merodeaban el área buscando un premio que llegó en los estertores.

He comenzado este relato recordando aquel lema. ‘El fútbol es la vida’. Opino firmemente que sí. Porque, cuando eres una persona humilde y te intentas hacer valer, siempre habrá algo o alguien que te dé una bofetada de realidad. Ocurrió este domingo en Nueva Condomina. La recta final del primer tiempo era una mirada incesante al crono en busca del 45’. Quizás porque mi garganta necesitaba un respiro en forma de agua o, quizás también, porque se veía que el rival había despertado y había que encerrarlo en la caseta. Por si las moscas.

El fútbol es la vida porque sufres. Porque todos nos hemos sentido insignificantes viendo nuestro tren comenzar a andar apenas tres segundos antes de nosotros llegar al andén. Porque también es dolor. El dolor de ver cómo la posibilidad de ponerte por delante desde los once metros se te va en forma de misil desviado y cierras los ojos pidiendo no oír a miles de rivales celebrando tu desdicha.

El fútbol es la vida porque todos hemos sentido rabia e impotencia cuando te quedas con cara de tonto viendo al más guapo, al más listo y al más rico conseguir a la mujer que amas y por la que habías peleado como nunca. Todos. Absolutamente todos hemos visto a un Víctor Curto asestándonos una puñalada más anímica que física con la que piensas ‘¿qué hago aquí?’ mientras miras a la nada.

El fútbol es la vida porque, en el peor momento, siempre aparece un contexto ideal para lograr otra oportunidad más. Para seguir peleando con ilusión. La misma con la que salieron tres jóvenes sin respeto ninguno a las jerarquías. A comerse literalmente al rival.

El fútbol es la vida porque, cuando no tienes nada, no hay nada que perder. Es entonces cuando peleas con el corazón. Cuando no hay lógica que valga. Cuando te da igual dejar libre a futbolistas de sobrada calidad porque confías plenamente en que la suerte va a estar de tu lado en algún momento.

El fútbol es la vida por ese momento de asedio previo al empate. Por esa sensación de ‘tiene que llegar’ y, finalmente, llega. Por ese segundo en el que la pelota se pasea por el área pequeña pidiendo una bota que la impulsara dentro tras un centro con la pierna mala de Manu Ramírez.

5bdd3c9e-87ef-4b2c-bfb2-dd9b531ad88a

El fútbol es la vida porque, el que cree, tiene su recompensa. De una u otra manera. De una forma bella o práctica, qué más da. Lo inolvidable de todo esto es recordar una y otra vez el momento en el que la red enemiga se agitó con una visita inesperada, Nueva Condomina calló y dos decenas de personas fueron galopando hacia el córner para fundirse en una sola cosa. Mientras, un servidor se dejaba la garganta gritando el gol soñado por cualquier narrador.

No. No fue un partido más. Y por eso se celebró como lo que es. Un empate de un club modesto en un escenario inmenso ante una entidad con un equipo y una masa social de superior categoría. Claro que no ganamos la Champions. Tampoco queremos eso. Nos basta con este tipo de alegrías indescriptibles que son la esencia del fútbol. Y de la vida.