Ser campeón

Voy a confesaros algo.

Tengo como referentes en literatura deportiva a la Revista Panenka, la publicación ideal para alguien que piensa que no es casualidad que el planeta que habitamos tenga la forma de un balón, y a Enrique Ballester, ese Mozart de la pluma castellonense que es capaz de contarte su vida y relacionarla con el fútbol de una forma tan recurrente como efectiva.

Y creo que ambos tienen al menos un aspecto en común. Empatizan con el humilde, con el pobre, con el perseguidor, con el que lo intenta pero no llega en un circo mediático en el que solo vale y solo cuenta el líder, el Pichichi, el Balón de Oro, el The Best. Competir con la única misión de ser el mejor. Pensad en cuántos niños cargan esa cruz y les pesa tanto que terminan desistiendo y modificando su sueño primigenio.

Lo normal en la vida es perder. Cuando leí esa frase por primera vez se me humedecieron los ojos. Ahora mismo, al repetirla y enunciarla en voz alta, continúa emocionándome.

La gente que me conoce coincide en resaltar la pasión que siento por el fútbol. Tengo la suerte de dar casi siempre con la palabra adecuada para cada momento y, de esta forma, saber transmitir lo que percibo en cualquier instante. Quizá por ello voy sintiéndome cada vez más cómodo en la narración de los partidos.

Creo, sinceramente, que esa pasión es realmente deseo. En mi infancia nunca fui el primero en nada. Sacaba buenas notas, pero siempre había alguien que era mejor. Jugaba al fútbol y era el portero suplente. Veía fútbol y mi equipo nunca fue líder. Entré en el fútbol y ese equipo nunca encabezó la tabla. Y tuve que irme para ver cómo celebraban este hecho y festejarlo desde la distancia.

¿Seré gafe?, me he preguntado varias veces en el plano deportivo. Me intentaba convencer a mí mismo mirando fotos de éxitos que he tenido la fortuna de celebrar. Ascensos, permanencias, triunfos sonados…trufan un palmarés gilipollesco que se me viene a la cabeza cada vez que veo las acreditaciones que guardo como trofeos en el corcho que adorna mi habitación ibicenca.

Pero ninguna tiene el condimento necesario para hablar de “el año en el que fuimos líderes/campeones”. Y, joder, compites con la firme intención de que un año te suene la flauta, aunque sea por equivocación, y que no te aparezca un equipo ‘tocagenitales’ que, o bien hace el año de su vida, o tienes que gritarle ‘Kiricocho’ cada vez que va a meter un gol para ver si la pelota se va fuera y le recortas algún puntito.

Como os podéis imaginar, he tenido muchos rivales de este tipo. En Andalucía, en Baleares, en Ibiza, en San Fernando. Siempre aparecía alguien que me impedía llegar a la cima. Tocarla con la yema de los dedos.  Terminar una etapa por la puerta grande.

¿Sabéis? Mi mayor espina es recordar que, sin yo saberlo, el último gol que canté en mi segunda casa no fue de película. No fue en el descuento. No sirvió para una victoria. No me permitió ser líder. Qué va. Fue el tanto de la esperanza para intentar derrotar al campeón. Fue el último estertor a un sueño pueril que se escurrió en el último mes de competición.

No sé si es una espina o un trauma. Lo que sí sé es que cuando mi actual club se colocó líder hace un mes yo tardé en asimilarlo. Es como si alguien, acostumbrado a ir en chándal, se coloca un chaqué de la noche a la mañana. Te ves bien. Pero te choca.

Y llega el día clave. El día en el que puedes ser CAMPEÓN. De un subgrupo, de una liga más corta. Pero, joder, CAMPEÓN, así en mayúsculas. Y juegas en casa, con público, dependiendo de ti mismo y con un rival que no llega en su mejor momento. Qué puede salir mal.

Cuarenta y siete minutos después del pitido inicial, con los jugadores en la caseta escuchando al míster y aprovechando el intermedio, veo en el móvil que el equipo perseguidor va ganando. Vamos, que ahora mismo está por encima.

Me siento en el suelo mirando al vacío. Necesitaba agua. Para la impresión. Pero no tenía ni eso, y mira que me habían clavado más de un euro por una botella pequeña. Puta vida.

El gol que necesitas no llega. Lo normal en esta vida es el fracaso. El zumbido se muestra incesante. El rival es el antagonista tipo. Duro. Rocoso. Juega sus cartas con maestría y te desespera.

Hasta que llega el momento cumbre. Penalti. A favor. Quedan cinco minutos. Se te acelera el pulso. Te quieres comer el jodido micro y piensas en tirarlo al campo si el balón no entra. Notas que te tiembla la voz y te pides un último esfuerzo para no caer preso de la incertidumbre.

El tiempo se para. El 10 de tu equipo se lanza hacia la pelota y, con el temple que nadie acertaba a tener en ese momento, la roza con el empeine lo suficiente para que el balón se eleve a media altura y caiga con dulzura sobre la red.

La forma de describir esa acción no fue casualidad. Gritaba como un poseso mientras recordaba con rabia todos los momentos frustrantes que me ha dado el fútbol. Mientras recordaba la mezcla de orgullo y de impotencia por las veces que parecía que sí, pero al final no. Recordaba las cuentas de la lechera para conseguir una meta inalcanzable, las hipótesis positivas que se habían marchado por el retrete a lo largo de mi vida.

Un penalti puede marcar una etapa. Un lanzamiento puede convertirse en inolvidable. Y ese disparo sutil, emulando a Antonín, a Panenka, marca un antes y un después para mí. Después de él, llegó el segundo. La alegría. La fiesta. La felicidad.

No, todavía no hemos ascendido. Simplemente he sido el primero, he sido líder por primera vez en mi vida.

¿Lo mejor? Que en la segunda fase suben los dos primeros. No asciende solo el campeón.

Menos mal.

La pasión, la muerte y el fútbol

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No duermo mucho en el confinamiento. O quizás sí, duermo, pero no tan bien como antes. El caso es que a diario me dan las once de la mañana y todavía estoy en la cama. A veces miro el reloj y me doy vergüenza, pero luego recuerdo en la situación en la que estamos y me tranquiliza el hecho de saber que, o sales a hacer la compra, o te espera una jornada más de videoconsola, videollamadas y teletrabajo.

Hace unos días, mientras me desperezaba y me preparaba el rutinario sándwich para desayunar a media mañana, mi padre llamó por teléfono. Yo, con el labio superior aun teñido de blanco por la leche, pensé lo de siempre: “uf, luego le llamo”. Acto seguido me mandó un mensaje. Había muerto uno de sus mejores amigos.

Juan Antonio era un tipo de unos 60 años de edad que no había tenido demasiada suerte en la vida. En la década de los ochenta se enamoró, encontró trabajo y tuvo dos niñas. Qué bien. Pero a partir de entonces, su existencia empeoró. Se quedó sin curro, su pareja se divorció y, lo que es peor, perdió la custodia de sus dos hijas que ahora, fruto de aquella temprana separación y otras circunstancias, se cambiaban de acera cuando le veían.

Las deudas familiares, además, le obligaron a vender la casa de sus padres y él se vio obligado a alquilar una pequeña habitación casi sin ventilación para tener un sitio donde dormir. Allí lo encontraron hace unos días. Solo y sin vida. Las autoridades entraron a la fuerza tras una llamada de los vecinos que alertaron porque no sabían nada de él desde hacía unas semanas.

No me quito de la cabeza ese instante en el que Juan Antonio se dio cuenta de que iba a morir solo, en ese cuarto y en pleno proceso de confinamiento. La noche después de conocer la funesta noticia me fui a la cama dándole vueltas a la vida, a la muerte, al más allá y a la madre que me parió por encontrarme en esta etapa tan especial e impropia de nuestros tiempos a más de 800 kilómetros de ella.

Al día siguiente, después de las videollamadas de rigor, mi Whatsapp comenzó a arder. Grupos con más de cien mensajes y conversaciones analizando o simplemente reenviando un enlace de la Real Federación Española de Fútbol. La organización presidida por Luis Rubiales proponía dar por finalizada la temporada regular, suprimir los descensos y jugar una fase de ascenso rapidita: cuatro equipos del mismo grupo en una sede y, el que venza en esa Final Four, asciende.

Algo hizo clic en mi interior, en el de mi compañero de piso, en nuestros jefes y en nuestros compañeros de equipo o de grada. Había ‘vuelto’ de alguna manera el fútbol. Ya se ve un escenario. Más nítido o menos. Pero se comienza a hablar del fútbol modesto. Del de a pie. Del de gorra, bota de vino, césped artificial y aspersores empapando tu material de trabajo. Que le den las reducciones de sueldo millonarias y a las recomendaciones de ‘Quédate en Casa’ de jugadores que habitan mansiones. Esto ya nos toca más de cerca.

Durante unos días, en mi casa, hemos dibujado trescientas mil propuestas, nos hemos rebanado los sesos para calcular qué decisión sería más justa y he llegado a estudiarme el Reglamento General de la RFEF para comprobar cómo demonios se puede dar por acabada esta temporada incompleta por el puto bicho que nos tiene enjaulados como tigres en un zoológico.

Sí, sé que el fútbol es la cosa más importante de las menos importantes. Sé que está muriendo mucha gente y que, hasta que no estemos seguros, el balón no volverá a rodar. Pero agradezco enormemente a Luis Rubiales y a todo su equipo que, a falta de polémicas arbitrales, de resultados injustos y de goles antológicos, al menos nos hayan ofrecido una pequeña vía de escape para elucubrar cómo será el final de curso. Y, por qué no, para imaginarnos e ilusionarnos con él.

Quizás, en ocasiones, es mejor comer pan y ver circo para olvidar las tragedias. Quizás el entretenimiento nos invita a vivir el día a día de una manera más animada. Quizás la pasión por el fútbol era lo que evitaba la oscuridad total y sin ventanas en la vida de Juan Antonio y en la de tanta gente en este país y en el mundo.

Descansa en Paz.

25 años de puto fútbol

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Eh, tú. Sí, tú. Jose, ¿qué tal? Todo bien, ¿no? Sé que acabas de cumplir los 24 y estás en tu casa contestando las numerosas felicitaciones habituales en redes sociales. No te preocupes. Creo que el mejor regalo que vas a recibir es este. Te voy a contar detalladamente lo que vas a vivir antes de cumplir el cuarto de siglo. Agárrate, tío. Vienen curvas.

Sé lo ilusionado que estás. No es para menos. Tu San Fernando, el equipo de tu infancia, el club de tu vida, sigue desafiando a todo el que se enfrenta a él en el Grupo IV de Segunda B. Sé que todavía te duele el último partido, ese en el que el Badajoz solo nos superó cuando tuvo más jugadores en el campo, pero piensa en la que estáis armando. Y, sobre todo, en lo que te queda por venir, porque, a pesar de esa derrota, sabes bien que el trabajo bien hecho al final tiene recompensa. Y ganaréis al Real Murcia antes de un partido especial.

Porque después de ese encuentro no vas a ir a Ibiza a jugar contra la UD. Está muy lejos. Coger un avión. Buah, qué follón. Salir de la península es una utopía para ti, ¿verdad? Solo puedo decirte que te prepares, simple y llanamente porque el streaming de Youtube de IB3 con el que pensabas radiar el partido en Radio La Isla se caerá y no verás el gol del Club Deportivo en Can Misses.

Cosas del destino. Qué sé yo, un humilde periodista que a la vez que te escribe esto se emociona. Se emociona pensando en la remontada que vas a vivir en Bahía Sur frente al CD El Ejido. Si puedes, bebe agua, cabrón, porque Carri va a meter tal golazo que la RFEF va a publicar tu afonía momentánea en sus redes sociales. Avisa a Ilde Cortés, el que te da las clases del Máster para que lo tenga en cuenta y no te deje con el culo al aire.

Pero, bueno. Sobre todo, disfruta. De los buenos momentos. Del gol de Jacobo en el 93′. Disfruta. Siéntete parte de uno de esos encuentros que marcarán un antes y un después. Graba cada imagen que te regale el partido ante el Recre en el Colombino y no tengas miedo de gritar para que el mundo entere escuche el gol en el alargue de Pau Franch.

Eso sí, tío. Aunque pienses que, con lo que te estoy contando, todo es un cuento de hadas…lo cierto es que no. El globo se pincha. La vida es gris y el camino de rosas se te volverá espinoso cuando menos te lo esperes. Caerás en Marbella después de una noche sin dormir y el Talavera te arrancará el alma en el descuento. Solo la victoria en La Línea te dibujará una sonrisa a nivel de resultados.

A partir de entonces, la llama se apagará. Los fantasmas aparecerán y las lágrimas de alegría en la cabina de Huelva se convertirán en rabia e impotencia. Puto fútbol. “Lo dejo. No aguanto más”, pensarás. Sin tú saberlo, una noche de mayo en El Ejido vivirás el último episodio de una etapa apasionante. Guardarás con mimo el resguardo del pago de tu habitación de forma involuntaria, quizás a sabiendas de que a partir de aquel 20 de mayo todo cambiaría.

Un gol en el 81′ os arrebatará el poder jugar la Copa del Rey. Sí. Puto fútbol. Todo ocurrirá tan rápido que no serás consciente de lo que verdaderamente ocurre. Cuando te des cuenta estarás abrazando a todos en la que había sido, es y seguirá siendo tu segunda casa.

Y llegará el verano y con él entenderás que la vida a veces se dedica a romperte todos los planes. Entenderás que una llamada de quien menos esperabas te hará ser mejor en tu profesión y disfrutarás de dos meses de plenitud en lo laboral al menos monetareamente hablando. Porque no, tío. Porque no puedes estar sin fútbol. Puto fútbol. Y porque cuando una puerta se te cierra, cuando crees que ‘estás en el horno’ (en un tiempo entenderás el significado de esa expresión), activándote solo los fines de semana para matar el gusanillo, algo cambiará para siempre.

Será un viernes de septiembre de esos en los que te preguntarás por el sentido de la vida. Será una llamada escueta, simple y llana, que te servirá para recuperar la ilusión. Para volver a sentirte útil. Para olvidarte de las penurias y lanzarte a una aventura que cambiará tu mundo tal y como lo conoces. No lo dudarás. Doce días después de aquella llamada, un vuelo de Ryanair te hará surcar el cielo y llevarte 80 kilómetros mar adentro. Ibiza

Y no, tranquilo. Aquí la gente no está todo el día de fiesta, no hay drogas por las esquinas ni discotecas abiertas a todas horas. Qué va. Durante estos meses te acogerán como uno más y entenderás el motivo por el cual todo el mundo que vive un tiempo en la isla más bonita del Mediterráneo desea volver alguna vez en su vida.

El tiempo irá más lento, todo será más pausado y te sentirás valorado, útil. Vas a flipar cuando te digan que tienes que dar de comer a los niños en un comedor. Sí, aunque creas que no sabes hacer más que escribir y realizar acciones de Comunicación, te sorprenderás a ti mismo actuando de una manera mucho más madura de lo que creías. Y todo gracias a unos niños que, cuando te vean, se te tirarán a los brazos. Se ve que les caerás bien.

Te irás adaptando con facilidad. Eso sí, te costará acostumbrarte a cambiar tu querido azul y el blanco de las salinas por el rojo de tu sangre, esa que siempre te transforma cuando ves una pelota rodar en un terreno de juego. El CD Ibiza formará parte de ti, de tu día a día y soñarás con verlo lo más arriba posible. Por lo que simboliza. Y porque sabes que no hay nada más grande que una fase de ascenso a Segunda B que, a día de hoy, puedo decirte que está cada día más cerca.

Todo irá bien, Jose. Empodérate, pero, por encima de todo, disfruta. De lo que haces. De lo que vives. E ilusiónate con lo que queda por vivir, porque te garantizo que lo positivo siempre ganará a los aspectos negativos. Y, al final, te puedo asegurar que, recién cumplido los 25 años, ese niño, tú, nosotros, que balbuceábamos los nombres de los estadios de Primera a los cuatro años y hacíamos terrenos de juego improvisados en nuestra mesa del comedor, seguiremos ligados al fútbol.

Felicidades, Jose. Y, si no quieres, no hagas caso de mis consejos. Haz lo que sientas, como hasta ahora. No nos ha ido nada mal. A las pruebas me remito. Eso sí, cuando puedas, abraza a mamá simplemente porque te (nos) dio la vida y a papá porque te (nos) inculcó una forma de vivirla.

PD: Viva el fútbol. El puto fútbol.

El gafe, las sensaciones y el puzzle

‘Enemigo mío, cuanto más te odio, más te necesito’. Escuché ese eslógan hace bastantes años en un anuncio de televisión. Creo que hace referencia a las adicciones, a los vicios del ser humano, ese animal capaz de tropezar veinte veces con la misma piedra. De finalizar una actividad haciéndose daño con tal de saborear el camino, el proceso para llegar al epílogo. En otras palabras, esa frase creo que viene a refrendar que todos los que se sienten identificados con ella somos un pelín masocas.

Llevo toda mi vida (soy joven o eso dicen) viendo fútbol. 24 años, de los cuales más de tres lustros fueron de pura pasión. De ver el partido de tu equipo como si el mundo se acabara en caso de derrota. De no dormir si descendía o era eliminado. Evidentemente, poco a poco uno se va conociendo y controlando. Analizando. Preguntándose una y otra vez qué ha pasado para no lograr el objetivo, dónde han estado los problemas del club de tus amores y las virtudes del contrario.

He aprendido a perder. O, mejor dicho, sé como afrontar la no consecución del éxito. Y me sorprende que a estas alturas de la película todavía haya personas mayores que yo, con mil partidos a cuestas más que el que les escribe, que no se hayan parado a reflexionar que una no victoria no es una crisis. Que esto es un juego y que te enfrentas y compites contra otras once personas que van a dar lo mejor de sí mismos e incluso puede que sean mejores que tú.

El caso es que claro, metiéndonos en harina, llegué a Ibiza con la ilusión por las nubes. Con un equipo que ganaba todo lo que jugaba en un grupo “fácil” (malditos tópicos). Y yo, iluso de mí, pensaba que la creación del proyecto CDIbizaTV mediante el cual le pondría voz a todos los partidos de mi nuevo equipo iba a traer consigo un aluvión de sumas de a tres.

Lloseta, empate. Poblense, empate. Felanitx, empate. “A saber que están pensando mi familia y mis amigos. Mínimo que soy gafe, joder”. Y así me presenté en Binissalem, no sin antes sentir como temblaba una máquina voladora de la compañía AirEuropa zarandeada por el viento balear (yo pensaba que Levante solo había en Cádiz) y notar como mi hombría subía peligrosamente por culpa de los nervios.

El caso es que yo, un tío confirmado por la iglesia apostólica y romana y convertido al ateísmo con la edad, me encomendé al ritual que tan bien se me daba el pasado curso en otra isla que considero mi casa: miradita al cielo y hacer la señal de la cruz sobre mi pecho antes de emprender el camino hacia el estadio para sentirme protegido. Y oye, funcionó.

No solo por el resultado. Odio dejarme llevar por la histeria que provocan los goles. Fue más bien por las sensaciones. Vi el partido en el Miquel Pons de Binissalem de pie, apoyado sobre un cartel que en balear indicaba que no se podía comer pipas ni chicles para no ensuciar las gradas. Espero que cuando me haga con el B1 de este idioma sea capaz de editar esta entrada en el blog para reproducir literalmente lo que en ese mural se decía. Y lo hice tenso.

Sin tomas de corriente de electricidad cerca y teniendo que ocultarme debajo de una mesa junto al realizador del partido para evitar que los latigazos de agua de los aspersores nos dejaran con la ropa pidiendo a gritos ser escurrida. Supongo que eso, y tener el sol de cara, es la Tercera de Baleares. Poco a poco voy haciéndome a este grupo XI.

Y así, con los ojos clavados en la batería del portátil para evitar que tardara lo máximo en descargarse, con las alineaciones de ambos equipos en mi mano derecha y el micrófono en el izquierdo comenzó una nueva oportunidad para cantar la primera victoria de CDIbizaTV.

Como decía, no todo son los resultados. Las sensaciones juegan un papel fundamental. Y, por eso, ver a tu equipo, a los de rojo, mordiendo como si no hubiera mañana en campo rival, con dinamismo y movilidad arriba y con hambre de goles, es una delicia. Creo que un narrador siente más el partido si se identifica con uno de los dos contendientes en disputa. Y, evidentemente, la alegría es mayúscula cuando tu equipo sale al campo y hace lo que a ti te gustaría hacer en un terreno de juego si tuvieras una millonésima parte de la calidad que atesora cada uno en sus piernas.

No hay mayor gozada que ver a tu rival agobiado nada más comenzar, recibiendo de espaldas sin poder darse la vuelta porque encima hay tres de los tuyos caracterizados como leones y notar la desesperación en el contrincante mientras que, desde tu banquillo se suceden los gritos que reafirman la idea: “¡Bieeen!, ¡Vamooos! ¡Sigue así, aprieta!” y un largo etcétera.

Y como no podía ser de otra manera, los goles llegaron. A base de empuje el primero, de una forma tan sencilla como eficaz (despeje que aprovecha tu delantero) el segundo y tirando de romanticismo en el tercero (centro exquisito y remate con la cabeza del atacante).

A veces, el puzzle del fútbol te hace sonreír. Te da la irreal sensación de que es fácil y sencillo. Y es entonces, cuando el árbitro pita el final de un partido que ganas, cuando piensas que todo ha merecido la pena. Que hay que saborear la victoria. Que el dolor de los tropiezos hace más paradisíacos los triunfos y que el trabajo con tres puntos más se hace más llevadero.

En unos días, el puzzle del fútbol se volverá a separar en miles de piezas. Y todo el mundo lo sabe. Y volverá la tensión por encajarlas antes que el contrario. Y lo sé. Hablando mal y pronto, esa sensación de estrés continuo es una putada. Pero cuando todo encaja, ese grito, esa descarga de adrenalina y esa sonrisa postvictoria lo compensan todo.

Pd: ya no soy gafe.

La rutina, los contrastes y el mosquito

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Querida familia; queridos amigos:

Escribo estas líneas en la cocina de una casa inmensa. Estoy solo, pero tranquilos, que ya me valgo por mi mismo. Y estoy aquí porque la casa es gigantesca y a las nueve de la noche de un lunes me he puesto nostálgico. Culpad a Manuel Carrasco y a El Barrio de ello.

Estoy genial, pero os echo de menos. Es una sensación rara. Después de la euforia y el miedo de los primeros días ya parece que me he asentado. He pillado la rutina en Ibiza, quién me lo iba a decir. Y, si os soy sincero, hasta lo que parecía un marrón de cuidado (cuidar y alimentar a niños de Primaria en un comedor durante dos horas) me está sirviendo para no pensar tanto en fútbol…aunque cierto es que de vez en cuando me veo alguna camiseta suelta por ahí y mi cerebro se vuelve a activar.

En fin, os escribo esto para que estéis tranquilos. No me falta de nada. El director deportivo del club me pregunta casi a diario si estoy bien y me paso muchas horas al día haciendo lo que me gusta. Escribir, tuitear, lanzar fotos…parece un sueño que esto, que pensaba que todo el mundo lo podía hacer, me esté sirviendo para conocer una isla. Y qué isla.

Cada mañana antes de entrenar me siento obligado a contemplar el amanecer. Y joder, ver el sol levantarse por la grada de general de Can Misses que tiene en letras blancas inmensas la palabra EIVISSA, me hace percatarme verdaderamente de dónde estoy. Porque aunque ahora hayan empezado las lluvias no dejo de pensar en lo que debe ser esto a finales de mayo con la posibilidad de estar entre los cuatro primeros clasificados.

¿Os acordáis estos últimos años cuando una de mis fantasías era jugar un playoff cuanto más lejos mejor para poder conocer lugares nuevos? Aquí ya lo tengo al alcance de la mano. Cada quince días me siento de Champions al tener que desplazarnos a Mallorca en avión. Esa sensación de estar uniformado esperando para embarcar en el aeropuerto nunca la había sentido, pero es lo más.

Como también lo es haber conocido Lloseta, el lugar donde narré mi primer partido en Baleares. Alguien me dijo que las islas eran un lugar de contrastes y no le faltaba razón. Pasar de un avión con buffet libre en el hotel a jugar en una pequeña localidad de cinco mil personas con el Campo Municipal como fin de un camino empinado es una pasada. Pero más aun es entrar en el recinto y ver escrito con tiza cuanto cuesta la entrada para ver el partido, mientras, en la puerta, se encuentran los colaboradores que dan vida a un club humilde dándote las buenas tardes y preguntándote si quieres participar en la rifa de un jamón que reposa sobre sus cabezas.

No me gustan los magnates, prefiero comerme un bocata de vete a saber qué rodeado de futbolistas que acaban de jugar y narran el partido a sus seres queridos en el móvil mientras devoran el alimento para reponer fuerzas. Eso es el fútbol. Eso y conocer a gente con una experiencia mil veces superior a la tuya que se sienten identificada contigo y no tienen problema en dejarte que escuches su opinión sobre cualquier tema. Eso también lo noto en el día a día. Llevo aquí apenas unas semanas, pero me siento querido y agradezco muchísimo poder hablar de todo un poco en la cafetería de Can Misses. Hoy por ejemplo han sonreído al preguntar si llueve mucho por aquí, que no me esperaba que en una zona tan idílica cayeran chuzos de punta, pero no me podía quedar con esa duda dentro.

Y, por otro lado, el sábado viví mi primer partidazo aquí. Primero contra segundo. Empatamos a cero, pero sentí ese cosquilleo previo tan bonito que te da este deporte y noté que se me erizaba el vello cuando relataba una ocasión clara de gol. Siempre he mantenido que nací para contar grandes encuentros, no para jugarlos. Y todos los partidos son grandes si le pones pasión. Acabé con las piernas pesadas de la tensión y la garganta me pedía a gritos lubricarse con un par de botellas de agua, así que inconscientemente sonreí, porque esas son las señales de que más de mí no pude dar.

Por cierto, sé poner lavadoras y no me he muerto de hambre, mamá. Voy progresando. Y sí, papá, en cuanto vea que estoy sufriendo y no estoy cómodo me vuelvo, te lo aseguro. De hecho me gustaría haceros una visita dentro de poco para contaros todo esto de viva voz. Y también para traerme el Autan que dejé en casa, que tengo un mosquito tigre adoptado como mascota para que me despierte cada día diez minutos antes de sonar la alarma del móvil, pero el jodido bicho se cobra los servicios en sangre y me tiene al borde de la anemia.

Os quiere,

Jose.

Ibiza, la crisis y las oportunidades

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“En momentos de crisis surgen las grandes oportunidades”. Frase que invita a la reflexión. Se la escuché a un entrenador joven, que apenas llevaba cinco partidos en Segunda División B, después de caer por la mínima en el Francisco de la Hera de Almendralejo. Era el mes de septiembre de 2017 y ese preparador, único capitán de un barco a la deriva sin nadie a los mandos, pronunció aquellas palabras después de darle la alternativa a un chaval que procedía de la Tercera de Baleares y que decía ser extremo a pierna cambiada. No sé si era valiente o incluso temerario, pero precisamente en estas últimas horas he leído otra frase para la reflexión: “Los valientes son los que actúan a pesar de tener miedo”.

Aquel chaval desconocido para todos y en el que solo confiaba en primera instancia ese joven entrenador finalmente fue el salvador de una entidad ahogada por las deudas. Su aparición fue tildada de milagro, tanto o más que los miles de euros que llegaron a unas arcas que desde hacía meses solo guardaban calderilla.

Viví la eclosión de Chris Ramos muy de cerca y viví también aquella agónica rueda de prensa en la que solo había dolor, rabia e impotencia. Guardé esa frase, como tantas otras, en el cajón de los recuerdos que lleva escrito el nombre de José Pérez Herrera.

Mi vida dio un giro el pasado mes de mayo. Decidí marcharme del club de mi vida e intentar ganarme la vida siendo un profesional de la Comunicación. Para complacer mi ego y para que mis padres, esos que han madrugado hasta la extenuación y se han dejado los riñones limpiando casas, sientan orgullo de su único hijo. Nunca sabré si decidí hacerlo en el momento exacto, pero el cuerpo y la mente me dijeron que no podía esperar más cuando me acreditaron el Máster de Periodismo Deportivo.

Los meses de verano los viví en una redacción, cómodo con aire acondicionado y con los ojos clavados en un monitor que parecía pedirme a gritos que escribiese algo relacionado con mi verdadera pasión. Cada año, cada temporada, soñaba con seguir creciendo dentro de un mundo tan miserable como pasional. Y yo mismo, ese chico que con apenas tres años recitaba los estadios de Primera División, sentía como esa meta se esfumaba. Que ya nada volvería a ser como antes.

Cuando parecía que esa vorágine de sensaciones habían tocado a su fin, la red sentimental que me mantenía minímamente a flote no soportó tantas dudas y tanto pesimismo. Y se rompió. Un 11 de septiembre, un avión arrasó mis particulares Torres Gemelas.

Fue entonces, días después, cuando apareció la oportunidad. Una llamada sirvió para recuperar la ilusión perdida. “Eres muy válido y quieren contar contigo porque transmites esa pasión que nos hace falta”. Era el míster del CD Ibiza, con pleno de puntos en el Grupo XI de Tercera División. Era aquel técnico que no había dudado en desafiar al destino con aquel cambio de Chris Ramos en Almendralejo…

Y llegó el momento. Vi la ciudad de Sevilla desde el aire y no pude reprimir la sensación de que una etapa se cerraba. Al final, la vida es eso. Una constante evolución, cambios en los que intentamos mejorar nuestras condiciones. Y esbozo una sonrisa cuando pienso en ese chico que en el mes de septiembre se replanteaba seriamente acabar con el periodismo deportivo después de escuchar que “ese sector de la comunicación está muy mal pagado” en repetidas ocasiones y ahora se ve con una ilusión renovada buscando información sobre Lloseta y el Llosetense preparando el primer desplazamiento con su nuevo club, esa joven familia que quiere reverdecer los laureles de la histórica Sa Deportiva respaldada por potentes empresas de la isla más famosa del Mediterráneo.

Solo el tiempo y el fútbol dirá si el ‘Sedé Ibiza’ logra crear su propia historia de la forma que pretende, pero me siento enormemente orgulloso de dejar mi tiempo y mi trabajo colaborando con esa causa de mejorar día tras día sin ningún techo a la vista.

“En momentos de crisis surgen las grandes oportunidades”. La mía, quien lo iba a decir, ha llegado lejos de la península. En un lugar donde abundan y donde han entendido a ese crío que soñaba con vivir del fútbol.

Ojalá todo salga bien y esas lágrimas de mis familiares en el aeropuerto de Sevilla se conviertan en felicidad más pronto que tarde. Será señal de que volví siendo un hombre. Y con una experiencia (otra más) que contar gracias a este bendito oficio que me permite vivir de mi pasión.

El bicho y la droga

Los que me conocen bien (creo que solo mis padres y mi pareja sentimental) son conscientes de mi adicción a la Coca Cola. Zero, a poder ser. Me gusta saber que puedo engañarme a mí mismo y a mi organismo con la tira negra sobre el universal envoltorio rojo vivo de esa bebida ‘refrescante’ capaz de hacer olvidar los dolores de barriga y eliminar restos de sangre en la carretera. No bebo. No fumo. Soy diabético. Algún vicio hay que tener.

El problema, amigos, reside en la cafeína. No sé quién me dijo que todo lo que terminaba en ‘-ina’ es peligroso a la par que adictivo. Nicotina, heroína, cocaína…y como no leemos los ingredientes de lo que tomamos, permitimos que nos metan en vena sustancias que nos hacen sentir un placer corto pero intenso a cambio de necesitar cada día una dosis mayor.

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En fin, que me enrollo. El 19 de mayo, en Almería,mi vida dio un vuelco sin yo saberlo. Tres o cuatro días después, en una charla en una asociación de vecinos me atropellaron los recuerdos hasta el punto de llorar sin venir a cuento. Tocaba decir adiós a estar dentro del club de mi vida para buscar un contrato que, aunque breve en el tiempo, me convencía para pasar el verano alejado de esa sensación de estar siempre al borde del precipicio en el que se ha convertido el fútbol.

Me faltan palabras de agradecimiento para mis jefes y para todas las personas con las que he tratado estos dos meses en un periódico señero y tradicional. Ver tu nombre manchando páginas llenas de tinta es una de los motivos por los que elegí este bendito oficio. Otro, quizás, sea la causa por la que estoy escribiendo estas líneas.

Porque, conforme iba pasando el verano y se iban produciendo movimientos de jugadores en todas las categorías de nuestro fútbol patrio, mi cuerpo demandaba algo. Y por más que trataba de paliar  mi sed a base de Coca Cola, la sensación seguía ahí. Intacta. Creciendo a pasos agigantados.

Fue entonces cuando recordé entrevistas y declaraciones de aquellos jugadores retirados que escriben en las redes, que se prestan a una rápida entrevista con algún titular impactante en la web o que se mueren por ocupar una silla de tertuliano en cualquier programa deportivo de televisión. Todos, sin excepción, echan de menos el día a día. La competición. El estrés y la ilusión por el domingo. Que todo salga bien y salir del estadio con una sonrisa. Ese era el reto semanal personal y colectivo.

Pero claro, explicar lo que te ocurre a gente que de fútbol poco es, cuanto menos difícil, así que opté por acuñar el término que me enseñó un profesional de esto al poco de marcharme: “Lo vas a pasar muy mal cuando todo vuelva a andar y veas que tú no estás ahí, en la rueda; tienes que ser fuerte y soportar al bicho”.

Así que, una vez localizado el problema, apreté los dientes para finalizar el verano como mejor supe, intentando pensar lo menos posible en fútbol (imposible) para evitar la punzada del bicho en lo más profundo de mi ser.

Hasta que llegó septiembre y el bicho ganó la batalla. Solo así se explica que el pasado domingo dejase un lugar de pura costa y veraneo para adentrarme en el corazón de Sevilla a las cinco de la tarde. ¿La razón? Fácil. Volvía a narrar un encuentro 105 días después del último. Solo por la adrenalina que produce encender el micrófono y ver la señal de ‘Ok’ con la mano del operador de cámara para indicarte que estás en el aire merece la pena aguantar el calor.

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Siendo sinceros, desconozco si el partido (un Utrera-Córdoba B de la segunda jornada del Grupo X de Tercera) empezó fuerte o fui yo mismo el que le quise dar un embrujo que el partido no tenía. Quién sabe. Lo que sí sé es que disfruté como aquel niño cuando iba a casa de un amigo que tenía unos metros de césped bien cuidado con porterías a sus extremos.

Disfrutar del fútbol auténtico, ver en acción a futbolistas de los que habías escuchado hablar, conocer a jóvenes promesas y contagiarte de las emociones del público mientras te desgañitas delante del micrófono porque eres incapaz de oírte. Eso. Solo eso era lo que me pedía el cuerpo.

Cantar un gol decisivo para el resultado en el tiempo de descuento y notar el bajón de adrenalina un par de minutos después de la despedida. Déjate de Coca Cola. De hecho, algún día aspiro a borrar definitivamente ese líquido de mi dieta. Con la otra droga, el fútbol, esa que probé por primera vez en los estertores del siglo XX, no se puede hacer nada.

La huelga de Renfe me obligó a llegar a casa a las doce de la noche. Cansado, con los ojos luchando por permanecer abiertos. Pero tranquilo. Satisfecho. El bicho, ese que tanto había hecho acto de presencia durante el verano, se había dormido. Y con una sonrisa tan grande como la mía. Al final ambos habíamos logrado nuestro objetivo: volver.

La roca, el reto y las albóndigas talaveranas

Probablemente el 11 de noviembre pasará a la historia como el día en el que, en 2018, tuvo lugar la final de todos los tiempos. Ese Boca-River de Copa Libertadores que paralizó el mundo. Da que pensar y mucho que, en este tiempo en el que el fútbol no parece ser más que un espectáculo para aborregar a esas masas desarraigadas que aman a clubes que solo pueden ver por la televisión, un duelo de estas características despierte tal expectación. El ser humano no tiene mucho sentido: criticas algo que después echas de menos. Añoras lo que un día despreciaste.

Me atrevería a decir que seguro que alguien de Talavera de la Reina se entusiasmó viendo el Boca-River mientras escribía en sus redes sociales que este era el fútbol de antes. Pero, no sería de extrañar que ni tan siquiera supiese que el equipo de su pueblo había jugado esa misma tarde contra el San Fernando un bonito partido entre las dos revelaciones del Grupo IV.

No vi la final de la Copa Libertadores, pero tampoco lo lamenté mucho. El fútbol es dejarte la garganta en un fondo animando a tu equipo, claro que sí. Es celebrar una diana ganadora como si no hubiese mañana, pero fútbol también es conocer una nueva ciudad, un nuevo estadio y sentirte un privilegiado.

Restaban alrededor de dos horas para el comienzo del encuentro cuando cinco isleños llegaron a Talavera de la Reina con las piernas entumecidas y ganas de curiosear por la zona. Sin embargo, el apetito hizo que se frenara ese afán detectivesco y nos dejara en la cervecería existente justo enfrente al Estadio Municipal del Prado.

Buena elección, por el ambiente, por la compañía, por la alimentación y por los encuentros casuales con uno de los exjugadores azulinos que hoy demuestra su calidad en el equipo de la ciudad de la Cerámica. Todo eran risas, tranquilidad y placer degustando las deliciosas croquetas y albóndigas talaveranas hasta que empezó la clásica cuenta atrás.

“Hoy es para disfrutar. Poco que perder y muchísimo que ganar”, repetíamos sin parar para aliviar nuestros nervios. Los directivos, compañeros de viaje en este millar de kilómetros de ilusión, me despidieron con un “estate tranquilo y arriba, que no hay nada que temer”.

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Creo que les hice caso por inercia. Nada más acceder al vetusto Estadio de El Prado, la boca se me hizo agua y no precisamente por recordar el sabor de las croquetas. Siempre he tenido curiosidad por saber qué se siente en un estadio inglés, de esos que parece que el tiempo no corre para ellos, atrapados en un periodo poco posterior a la II Guerra Mundial. El Prado huele a fútbol. No es la Bombonera, es un recinto deportivo no habitual en Andalucía, con ese toque norteño. Con pilares que entorpecen la visión al espectador al más puro estilo Anduva y cabinas recubiertas de madera. Una locura para mis sentidos.

Mi sorpresa llegó cuando, al acceder, me indicaron que la tribuna no tenía cabinas de prensa y que éstas se encontraban en la grada de General, justo enfrente.¿Tengo que dar la vuelta? En cualquier otro terreno de juego hubiera lamentado el contratiempo. En El Prado lo agradecí porque aproveché para inmortalizar con la cámara de mi móvil el prototipo de campo perfecto para un club humilde como el nuestro, con redes y asientos blanquiazules que te hacían sentir ese impulso de niño pequeño cuando se acerca el 6 de enero: “¡Yo quiero uno de estos por Reyes!”

Solo le encontré dos ‘peros’ al Estadio. El césped, nefasto, y el engorro del sol dándote de lleno y entorpeciendo la narración en un día gris pero juguetón. Al final, yo que pensaba que la provincia de Toledo en pleno mes de noviembre sería bastante frío, vi el partido en manga corta y sudando a mares. Cosas del cambio climático.

No me equivocaría mucho si digo que el partido de este domingo ha sido en el que mejor me he sentido a la hora de narrar. Fluido, veloz, sin pensar en las palabras que pronunciaba. La clave está en decir lo que sientes en el momento, en hacer disfrutar porque tú lo estás disfrutando. Porque, en un partido así, te lo pasas en grande. Porque tu equipo, ese en el que estás metido de lleno, conmueve a cualquier amante del balompié.

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El San Fernando es un club humilde, pero grande. Solo así se explica que, a más de 500 kilómetros del Puente Suazo, veas a personas con una bandera azulina. Es un club desvergonzado, porque le importa poco dónde y contra quién. Lo único que quiere es pelear hasta el final para obtener recompensa sin pararse a contar cuántos jugadores están en el terreno de juego. Sin acordarse de las bajas ocasionadas por otras batallas ni de los minutos que lleva a rastras en las piernas.

Es una roca y por eso continúa tercero. Por mucho que una persona agarre con furia una roca, una piedra, entre sus manos y la estampe contra el suelo, la roca seguirá entera. Con algún rasguño, con alguna magulladura, pero entera y dispuesta a recibir otro zarandeo. El San Fernando de José Pérez Herrera es un buen boxeador que protege su cuerpo en la esquina con sus brazos juntos y espera el cansancio de su furioso enemigo para sacar su puño a pasear. Es un gato que hace gala de su capacidad felina para clavar las uñas en el momento justo.

Ya lo he dicho y escrito más de una vez. No puedo disfrutar de la situación clasificatoria de mi equipo. No. Hasta el verano es imposible. Siempre pienso que, en el momento en el que todos creamos que un partido puede ganarse fácil por nuestra buena dinámica, será el inicio de nuestra caída. Durante la semana me conformaba con el empate. Con llegar al ecuador del objetivo, a esos 23 puntos que, multiplicados por dos hacen los añorados 46. Después, que pase lo que tenga que pasar si es que hay tiempo.

El Talavera era y es un equipo extraño. De hecho, tuve que consultar la disposición táctica a periodistas locales porque no salían las cuentas. Un central de lateral diestro, un centrocampista en la izquierda, un extremo de mediapunta…en fin, una escuadra difícil de batir, y más en su estadio, con el calor de su gente y un bombo justo debajo de mi posición que te perforaba los tímpanos.

En cualquiera otra temporada me hubiera salido alguna cana del estrés a la hora de defender el balón parado. Este año no. Este año, por mucho que te envíen balones lloviditos al corazón de tu área, tienes la certeza de que alguien pondrá su cabeza o cuerpo para que la pelota no entre. Y si ningún defensa llega, ya estará ahí el portero, que por algo es el menos goleado del grupo.

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Partido típico. Parecido al de El Ejido, aunque con menos llegadas locales hasta que el San Fernando comienza a venirse arriba. Carri en la izquierda transmitía algo de peligro y, cuando los laterales comenzaron a tener llegada al área, se palpaba el miedo en El Prado. Por no hablar de la zona interior, en la que Bruno Herrero y también Pedro Ríos intentaron dibujar sendas asistencias que helaron el corazón de los talaveranos. “El San Fernando es un equipo con las ideas claras”, repetían en la cabina de al lado. ¿No se trata de eso?

Sin embargo, el guion de la película no puede ser siempre bonito. Qué va. Cuando mejor estábamos, comiéndole terreno al rival, una especie de resbalón de Carri en el saque de una falta provoca el contragolpe del Talavera. Allá va Espinar, galopando muy cerquita de la banda y con el jaleo de la grada. Daban ganas de derribarle por lo civil o por lo criminal antes de que ajusticiase a Gálvez. “Nos han cogido, se acabó lo que se daba”, me decía para mis adentros al tiempo que esperaba el fatal desenlace de la jugada.

Pero no. El San Fernando se salvó. El equipo tiene ese algo inexplicable que hizo que Espinar cruzara en demasía el esférico y dejara con vida a su antiguo equipo. Pero no nos engañemos. Nos va la marcha. Nos gusta lo imposible y había que intentar el más difícil todavía. En una acción inexplicable al borde del descanso, segunda amarilla para Buba. Joder. Tres cuartos de hora con uno menos. Esto ya se pone muy feo, vámonos de aquí cuanto antes.

Cualquier otro equipo se hubiera entregado a esa primera reacción: con tanto tiempo en inferioridad es una utopía pensar en sacar algo positivo. Muchos pensarían que, para qué nadar con los pies atados aunque te queden las manos si, más tarde o más temprano, el tiburón te va a devorar.

Sin embargo, el San Fernando se lo tomó como un reto. Dentro de lo malo, si te expulsan a un delantero puedes mantener tus dos líneas juntas y dejar a tu hombre de referencia descolgado. Así fue. Sin complejos, con confianza, el equipo fue nadando poquito a poquito. Sin prisa pero sin pausa en busca de la orilla. El Talavera se vino arriba con los cambios. Metió toque con Víctor Andrés y velocidad para volar como locomotoras con Cristian y Abel Molinero viendo que su rival parecía no acordarse de que jugaba con uno menos.

Hubo una jugada que sencillamente resume el estado de forma del San Fernando. Pau Franch, con sesenta minutos en las piernas y teniéndose que multiplicar para paliar la ausencia de Buba, es capaz de marcharse por potencia y velocidad de su marcador y sacar una falta en la frontal para oxigenar a su equipo. Solo el propio Pau era capaz de creer que podía sacar algo positivo en esa jugada. Y lo logró. Como también Pedro Ríos volvió a demostrar que es más listo que nadie para interceptar varios pases desde la medular a la banda izquierda que sembraron de dudas a los jugadores locales.

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Tanto que, en el tramo final de partido, lo que son las cosas, fue el San Fernando el que rozó el premio gordo. Un regalito de Gianni, aquel portero que sufrió la remontada azulina ante el Europa en la última fase de ascenso, lo aprovechó Manu Ramírez para, previa pared con Pau, plantarse solo delante del portero y errar en el golpeo.

Supongo que un Cartagena, un Melilla, un Murcia o un UCAM hubieran mandado ese esférico a la red. Hubiera sido la guinda a una impresionante demostración de compromiso y orgullo por los colores, por representar a una tierra ilusionada con sus jabatos que celebraron el final del encuentro abrazándose todos juntos como si hubieran ganado algo mucho más importante que un título.

Sonaba el “Duro y Suave” de Leslie Grace y Noriel mientras los aficionados locales, frustrados, recriminaban al San Fernando su forma de jugar el encuentro. “Para ellos puntuar aquí es un triunfo”, dijo alguien. Correcto. Es la confirmación de que, por mucho que la zarandeen, la roca azulina continúa entera, acumulando batallas finalizadas con buen sabor.

Esta, la de El Prado, con ‘un puntito de más’ con el que no se contaba y la esperanza de que, el año que viene, volvamos a Talavera a disfrutar de ese campazo. Y de sus albóndigas y croquetas.

El Inter, Benito Floro y el bocata de chorizo

El San Fernando no es el Inter de Milan. Menos mal, ya me quedo más tranquilo. Aunque, como se suele decir en las típicas discusiones de barra de bar, ‘eso lo dirás tú’. Ahora mismo, el equipo entrenado por José Pérez Herrera suma las mismas victorias con la portería a cero (6) que el conjunto italiano. Y todo ello mientras clubes de renombre “que te meten cinco mil personas cada domingo” piden auxilio en sala de prensa ante la inexistencia de billetes en la caja fuerte. Cosas del fútbol.

El partido ante el Marbella era raro. La semana había transcurrido con una tranquilidad insultante. Casi peligrosa. Era como si, al haberle ganado al Recre, hubiéramos llegado al punto álgido de la racha. Parecía un hecho insuperable que el duelo frente al Decano del Fútbol Español hubiera pasado con nota a nivel organizativo y, sobre todo, en el terreno de juego. Terceros y otro partido en casa. ‘Asalto al liderato’, llegué a leer. Joder. Huele a bofetada de realidad. De esas que solo te da la Segunda B cuando te subes a sus barbas y te crees el amo del mundo cuando no eres más que un individuo del montón.

Al llegar al Estadio cometí un error garrafal, de primero de párvulo, más que de chavalín  recién salido de la carrera de periodismo. Vi en mi mesa de la oficina una relación de futbolistas y di por sentado que esa era la alineación que saltaría al terreno de juego hora y media más tarde. Pedro Ríos, ni convocado. Horror. Verás que ha recaído. Alguno me leyó el rostro e interpretó mi mirada. ¿Qué le pasa al capitán? ¿Otra vez tocado?

Calor. A pesar de que no había tenido tiempo de tensarme por el partido (los 19 puntos eran un buen colchón para no vivir las jornadas al borde del infarto), las diversas carreras que tengo que realizar en la previa me activan. Bastante. Digamos que me solidarizo con los jugadores y caliento a mi manera, aunque ayer fallé con mi herramienta de trabajo desafinando al vociferar las alineaciones por megafonía.

La mala espina que me recorría el cuerpo se acrecentó en uno de mis primeros paseos por el túnel de vestuarios. Las puertas se cerraban a mi paso. Hoy no va a ser el día, me dije. Tuve suerte, ya que el delegado de campo me avisó de que el once que tenía en pantalla no era el mismo que tenía él en su hoja. “¡Hostia, es del día del Ibiza!”, me dije al tiempo que recogía la verdadera alineación.

Ahí estaba Pedro Ríos. Titular. Con el 7. Vale. Tranquilo. El tiempo corría. El nuevo videomarcador quiere estrenar grafismos cuando suenen los onces por megafonía. Llega a un acuerdo con el encargado del electrónico para sincronizaros. Todo a las 16:45 h. Supongo que los post-it estampados ya en la mesa de la cabina y la gran pantalla instalada para la narración fueron testigos de mis galopadas por la banda al más puro estilo Gabi Ramos para darle algunas pautas al encargado del marcador. Hecho esto, llegó la hora de la verdad.

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El Marbella es una piedra en el zapato. Empezó siendo incómodo. Queriendo calcar el guion del partido habitual de un San Fernando agobiado e impreciso. Olía a partido feo, de resultado corto, aunque eso poco importaba. Lo vital era ver, sentir, que tu equipo estaba incómodo. Es ver, con todo lujo de detalles, cómo la velocidad arriba del rival está poniendo en apuros a tu defensa. Y que, sobre todo, un chavalito colombiano de 19 años cedido por el Granada, pudo ajusticiarte con un zurdazo cruzado desde dentro del área a los diez minutos.

Buah. Menos mal. No hay nada como no encajar gol en una ocasión clara. Es como volver a nacer. Resoplas y haces como que no ha pasado nada, aunque la procesión va por dentro. Estos no son nada malos. Chasquido de lengua, intranquilidad, incomodidad. No puedes estar quieto. Partido bronco, faltas peligrosas en tu contra. Esta parece lejana. Va, Rubén. Cuidado, que se la ha escapado. Ay. Joder. No. Se acabó la imbatibilidad. No. Uf, de la que nos hemos librado.

Narrar un partido de tu equipo es un placer cuando las cosas van bien, pero no es apto para cardiacos cuando el duelo está disputado. Debes saber templar los nervios y evitar soltar el mismo grito de pánico que tus compañeros de grada están profiriendo en ese instante aparentando normalidad. Suena fácil, pero no lo es. Lolo Pavón, veterano central que pasaba por allí, trató de aprovechar uno de los pocos errores de Rubén Gálvez, incapaz de blocar un esférico envenenado. La pelea de ambos en el área pequeña acabó con el balón lamiendo la cepa del poste derecho y la sensación de que el San Fernando está (no me cansaré de repetirlo) hechizado esta temporada.

Porque lo habitual en otra temporada en Segunda B es irte 0-2 abajo y con cara de pocos amigos. Esta vez, sin embargo, Pedro Ríos y Pablo Sánchez estuvieron a nada de adelantar a los isleños en los estertores de un primer tiempo que, a pesar de todo, deseaba que finalizase cuanto antes. Lo mejor, el 0-0.

Tu cabeza se va haciendo la idea de que quizás un punto no es malo. Soy de los que piensa que, en esta categoría, lo importante es sumar. Si sumas, aunque sea poco, no corres peligro. Mi parte conservadora se peleaba con la apasionada del riesgo, (“¡estás en casa, no te conformes, cagón!), pero lo importante era lo que pasaba en el campo. O mejor dicho, lo que no ocurría.

Hablábamos ya del particular efecto Buba para revolucionar el encuentro cuando Diego Simón abrazó el esférico cual mandarina con sus manos norteñas. El plano que nos ofrecía Footters era un calco al mostrado antes del gol de Bruno ante el Recre. La jugada acabó en el mismo lugar. Balón llovido que trabaja Pau, cepillada al sitio justo para que no la despeje el central ni llegue el portero y ahí, en ese instante, se para el tiempo.

Se para porque llega el 7. LFP. El que no iba a jugar hoy. Una milésima de segundo que tu cerebro tarda en asimilar y contienes la respiración esperando que alguien te dé motivos para celebrar o lamentarte. Con la zurda, Pedro, Perico, hizo que los cristales de la cabina retumbasen mientras un servidor se levantaba buscando al árbitro con la mirada para que le confirmara el 1-0.

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De pequeño, mi padre me habló de Benito Floro, el famoso entrenador que, dirigiendo al Real Madrid, protagonizó aquel grosero discurso en Lleida: “Con el pito nos los foll…”. España, país que obvia los méritos y se centra en el chascarrillo, dejó de lado que ese hombre escribió un libro que profundiza en la importancia del saque de banda. Y, los que no lo olvidan, hablan de esa anécdota con cierta sorna.

Yo era uno de ellos hasta que un día, no hace mucho, vi al San Fernando ensayando este tipo de acciones. Fíjese usted por donde, se puede decir que el laboratorio azulino elaboró esta victoria tan importante. Supongo que Floro estará orgulloso de este equipo cuando se entere.

Y supongo que también aplaudirá a rabiar a Pedro Ríos, ese futbolista que nunca fue excesivamente goleador en su trayectoria pero que, como el buen vino de Jerez, gana caché con el tiempo. Y, sobre todo, logra, cada día, mejorar en su forma de leer los partidos. Solo así se explica que, en la jugada del segundo gol, arranque y deje clavado a su marca cuando todavía Pau no ha tocado levemente el esférico.

Cuando el delantero lo hace, Pedro ya está a mitad de trayecto y, cuando el esférico aterriza en el segundo palo, Ríos ya está relamiéndose para ponerla en el palo contrario. Escribo esto casi emocionado porque tuve el privilegio de seguir la jugada con la mirada y cantar el tanto con la felicidad del que sabía lo que iba a ocurrir. Y por supuesto, del chico que veía cómo su equipo se ponía 2-0 quedando todavía media hora por delante.

No somos el Inter de Milan, pero dudo que alguien en el majestuoso Giuseppe Meazza se olvide por un tiempo de sus muletas y de su lesión en una de sus extremidades al ritmo que marcaba la celebración del segundo tanto del San Fernando.

No somos el Inter de Milan, claro que no, pero tampoco sufrimos en demasía en los últimos minutos a pesar de la desesperación del Marbella. En esa recta final solo hubo que lamentar el aparatoso golpe de Raúl Palma que asustó a más de uno.

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No somos el Inter de Milan. Somos un “equipo de pueblo” que ve ahora mismo por encima a entidades históricas del fútbol español. Que sabe que, casi con total seguridad, esté ahí de forma pasajera, pues su lucha no es precisamente esa, pero, quizás por eso, esté disfrutando y saboreando cada instante como si fuera el último.

No somos el Inter de Milan y supongo que por este motivo, al concluir las ruedas de prensa y plantarme en el despacho de la directiva para tratar algunos asuntos sin excesiva relevancia, me encontrase a uno de los dirigentes azulinos saboreando con una sonrisa un bocata de chorizo. “Tranquilo, José, mañana o el martes lo hablamos, ahora disfruta y cógete uno de estos (bocatas), que han sobrado y están buenísimos”.

No somos el Inter de Milan y lo sé porque mientras me estaban diciendo eso, la presidenta me estaba metiendo en los bolsillos unos cuantos polvorones que degusté con satisfacción poco después, en casa, con la alegría del deber cumplido.

No somos el Inter de Milan. Somos terceros y ya tenemos 22 puntos. Con eso me basta. Que no es poco.

Fotos: José Cabeza

 

La volea, el antifútbol y la justicia

Si el mundo fuera justo, el Recreativo de Huelva sería adorado por todos. A fin de cuentas, y salvo que se demuestre lo contrario, es el Decano del Fútbol Español. O lo que es lo mismo, el germen de la fiebre por el balón en nuestro país entró por la provincia cuyo equipo de referencia era el rival del San Fernando CD en una gélida tarde de octubre. Hablando en plata: siendo simplistas, todo se lo debemos al Recre en el plano nacional, como también, en el plano internacional, el mundo le debe el invento a los ingleses.

Pero, hablo ya en el plano estrictamente personal, yo soy una persona rencorosa. Piscis. Dicen que somos así, y mira que no soy muy dado a los horóscopos. Pero es cierto. No me hagas sufrir porque te la guardo. Días. Semanas. Meses. Uno, dos, tres. Once si hace falta. El destino quiso cruzar a los mismos rivales este domingo en una situación casi idéntica a la temporada pasada. El San Fernando lanzado, el Recre, también decidido a entrar en los puestos altos con cientos de aficionados en las gradas. Y, a sabiendas de la situación, un invitado de excepción: un granadino, triste protagonista aquel 26 de noviembre en el que un golazo sobre la bocina encendió la ira de toda la grada mientras un señor llamado a dar ejemplo se dedicaba a derrapar sobre el césped y a pavonearse con sus logros en sala de prensa.

En fin, tonterías de un chaval que, a pesar de que su DNI ya le obliga a comportarse como un adulto, siente este juego con la ilusión de un niño y guarda cada pequeño detalle en lo más profundo de su cerebro. Para no olvidarlo. Quizás por eso, cuando llegué a La Isla al mediodía del domingo, me temí lo peor.

Un lengüetazo de viento helado a la salida de la estación de tren de Bahía Sur me heló las entrañas avisando de que el día no era el mejor para disfrutar de un buen partido. Miré a mi izquierda y vi en primer plano, abajo, a los primeros aficionados recreativistas merodear un estadio que aguardaba impaciente y en silencio la hora del duelo.

“Bueno, esto ya ha empezado”, me dije para mis adentros. También había empezado cuando las peñas de ambos equipos se unieron en un ambiente de hermandad que viví en primera persona en el Templo Azulino. “Ojalá empieces tu texto de esta semana con un ‘qué frío’ y lo termines con un ‘tres puntos más’, me dijo un colaborador del club. Casi. Bueno, la esencia es la misma. Supongo que sonreirá al leer estas líneas.

Sonreír. Eso fue lo que hice cuando caí en la trampa. No quiero mirar la clasificación. Solo los resultados. Pero la jodida adicción que padezco al Grupo IV me hizo deducir un dato tan irrelevante como ilusionante al comprobar los resultados de las doce. “Si ganamos somos terceros”, dije. En voz alta. Ahí estaba cual cazador el culpable de mi pasión por el balompié para darme un tirón de orejas. “¿Tú no decías que no mirabas la tabla ni echabas cuentas?” Mierda.

A las cuatro de la tarde, España se encontraba paralizada. Llegué al Estadio con la sensación de que todo estaba preparado y dispuesto para algo grande. Silencio sepulcral. Calma antes de la batalla, de la tormenta. Del fútbol y no del espectáculo lleno de purpurina que divide a todo un país.

Creo que incluso escuché el silencio por los pasillos. Todo tranquilo, relajado, hasta que le di al play a la megafonía. Música, maestro. Una hora para el pistoletazo de salida. Vamos. Cuenta atrás. Queda la alineación del Recre. Nervios en aumento. Engullo un paquete de galletas que llevaba en mi mochila varios días más por ansiedad que por otra cosa. Degustaba mi manjar como un poseso dando una vuelta por el largo pasillo de vestuarios. Flamenco moderno en la caseta visitante. Silencio en la local, solo cortado por el pequeño Pedro Ríos trasteando con su balón esperando la salida de su padre.

Me indican que me van a pasar el once del Decano en el vestuario del árbitro con permiso del delegado onubense. Joder. Verás que he molestado al hombre de negro y nos la lía, pienso fugazmente. Perdón, perdón, gracias, gracias, repito cual papagallo educadamente.

El tiempo se echa encima. Ordeno a la prensa visitante mientras la grada se va llenando y el sol se va escondiendo víctima del primer atardecer del horario invernal. Cuando termino de encajar el puzzle de los medios, un miembro del cuerpo técnico me llama. “¡Pon algo de Camarón! ¡Lolo quiere algo de Camarón!”

Dicen que los partidos se empiezan a ganar en la media hora que dura el calentamiento. Vete a saber. Lo peor es que no pude complacer la demanda del central y a fe que lo lamenté. Por suerte, la tecnología actual lo enmendó todo ya que, según me cuentan, el sevillano terminó su preparación con la música del genio cañaílla haciendo vibrar sus tímpanos. Una imagen digna de ‘Lo que el ojo no ve’ del fútbol modesto.

Desconozco si el káiser de la defensa isleña contagió su ímpetu a sus compañeros. Supongo. Días atrás le confesé al míster mis ganas por devolverle la moneda al Recre. En mi fuero interno me imaginaba a un San Fernando con los ojos en llamas y sediento de venganza. Dicho y hecho.

Era como si nada hubiese cambiado. Como si todos hubiésemos dejado parte de nosotros aquel infausto día para retomarlo once meses después. Lazo clavó un trallazo en el 90’ en la portería del marcador justo antes de que Bruno perdiese los papeles y fuera expulsado en aquel duelo.

Ayer, en esa particular reanudación, tuvo que ser él. Sí. En la primera llegada. En la misma portería. En distinta escuadra. Volea desde la frontal. Para sorprender. Para demostrar que entra todo. Pruébalo sin miedo. Red. Locura en el banquillo y piña con el autor de la diana, capitán de un equipo que no quiere tener techo.

Minuto 1. Uno a cero. El que se entretuvo viendo la despedida de la ópera se perdió el rugido histórico del equipo de su ciudad, si bien pudo disfrutar de unos primeros minutos electrizantes de Rock&Roll.

Me encanta escuchar las declaraciones del entrenador vencido con tranquilidad: “El San Fernando se encontró con el gol al principio y en ese tipo de situaciones sabe hacer su partido”. Ahí va. No jodas. Un equipo que molesta a su rival y que aprovecha sus puntos fuertes y las circunstancias y el contexto del partido para fortalecerse. Y lo sueltan como una especie de reproche, en vez de aplaudir: “Joder, no has tocado la pelota desde atrás y te has dedicado a presionarme”.

Me imagino a José Pérez Herrera escuchando las declaraciones de sus colegas después de una victoria azulina con una sonrisa maligna pensando que sí, que muy bien. Que somos el antifútbol, pero que, tal y como dijo un sabio de esto, si todos creen en algo, por muy disparatado que sea, ese algo tendrá la belleza de algo compacto, homogéneo. Ver al San Fernando es ver a un acordeón en ese movimiento característico de estirar con la posesión y encoger sin la pelota.

En este punto me detengo en Pablo Sánchez, ese jugador que llegó con la etiqueta de ser un jugador maravilloso con el balón en los pies en las inmediaciones del área, pero descuidado en tareas defensivas. No se puede ser perfecto. Pero sí que es un misterio el hecho de que, con más de 35 años, sea capaz de encontrarse en un estado de forma que le permite bajar a defender una jugada en zona de tres cuartos de su propia área. Quizás no sea tan misterio y solo sea ese gen ambicioso que transmite este club y este cuerpo técnico ilusionado por hacer algo grande.

Creo que es la misma razón por la que Pedro Ríos, que volvió a jugar ocho semanas después, se siente con la energía de un juvenil un viernes a la salida del instituto. O por la que el goleador Bruno está demostrando todo lo que tiene dentro al ritmo del ‘lo tenemos, lo tenemos’ que vocifera cada vez que aprisiona al contrincante de turno en su tela de araña particular para robarle la cartera.

Que sí. Que la posesión te hace creerte mejor, pero no serlo. El Recre botó más de una decena de saques de esquina y no remató. Ninguno. Y el San Fernando, inteligente él, supo generar peligro en el momento clave. Cuando más seguro estaba el Decano de que tenía el control de la situación. Error. Presión de Pau sobre el portero al filo del descanso y uy de Carri. Ideal para decirle al abuelo que tuviera cuidado. Que la Bahía estaba llena de pirañas azulinas hambrientas de carne fresca. Por si acaso no se había percatado.

Tras el descanso lo pasé fatal. El monitor que me ayudaba a la hora de narrar sufrió un inoportuno apagón y me vi obligado a narrar la parte decisiva del encuentro a través de una cristalera tintada en una noche ya cerrada. Horror. Solo veía sombras. Gracias a la organización azulina pude solventar los ataques cañaíllas sin aparentes problemas para descifrar la identidad del poseedor de la bola. Pero juraba en arameo al pensar lo que iba a sufrir con el más que probable asedio final del Recre.

Ese asedio nunca llegó para mi alegría y la de todos. Un tiro de Quiles al palo fue el único momento de miedo real, de vello erizado en esos segundos cuarenta y cinco minutos. Y no, no fue porque el San Fernando se dedicara únicamente a defender. El míster le dio minutos a Ángel Torres, cumpliendo la máxima de que una buena defensa empieza con un buen ataque. Tanto, que el San Fernando acabó en el área de un Decano desesperado, con tres defensas, no sé cuántos atacantes y el esférico en su esquina.

Apenas se pasó fatiga. Sin embargo, la emoción al pronunciar que el San Fernando era tercer clasificado con cánticos de fondo me generaron una sensación fantástica que tardaré tiempo en olvidar. Tanto o más que el alarido que solté al salir de la oscura jaula en la que vi el partido cuando lo único que quería era respirar hondo.

Cuando la gente comenzaba a desfilar por la tribuna en una borrachera de alegría llegó el momento de los abrazos. Del ‘Vamos’ con tu colega de grada al de ‘Ya queda menos’ con mi padre. Pero el que tardaré en olvidar será el de mi madre. Hundí mi rostro en su hombro y recordé lo sufrido once meses atrás. Aquel partido en el que sentí, frustrado, como la oportunidad de alcanzar los puestos altos de la tabla se marchaba injustamente. Mientras me zarandeaban felicitándome pensé que, esta vez sí, el fútbol había sido justo. Que nos lo había devuelto. Que ya no había deudas pendientes.

Esta mañana de lunes llegué con frío pero feliz a los aledaños del Estadio. ‘Terceros, tío, qué alegría”. Justo entonces comenzó a sonar una melodía aleatoria pero bastante positiva en mis oídos. No era Camarón, que va a estar seguro en la megafonía de Bahía Sur a partir del próximo domingo. Era Melendi. Mi móvil comenzaba a reproducir la canción ‘Lo que nos merecemos’.

Solté una carcajada.

 

Claro que sí.