Voy a confesaros algo.
Tengo como referentes en literatura deportiva a la Revista Panenka, la publicación ideal para alguien que piensa que no es casualidad que el planeta que habitamos tenga la forma de un balón, y a Enrique Ballester, ese Mozart de la pluma castellonense que es capaz de contarte su vida y relacionarla con el fútbol de una forma tan recurrente como efectiva.

Y creo que ambos tienen al menos un aspecto en común. Empatizan con el humilde, con el pobre, con el perseguidor, con el que lo intenta pero no llega en un circo mediático en el que solo vale y solo cuenta el líder, el Pichichi, el Balón de Oro, el The Best. Competir con la única misión de ser el mejor. Pensad en cuántos niños cargan esa cruz y les pesa tanto que terminan desistiendo y modificando su sueño primigenio.
Lo normal en la vida es perder. Cuando leí esa frase por primera vez se me humedecieron los ojos. Ahora mismo, al repetirla y enunciarla en voz alta, continúa emocionándome.
La gente que me conoce coincide en resaltar la pasión que siento por el fútbol. Tengo la suerte de dar casi siempre con la palabra adecuada para cada momento y, de esta forma, saber transmitir lo que percibo en cualquier instante. Quizá por ello voy sintiéndome cada vez más cómodo en la narración de los partidos.
Creo, sinceramente, que esa pasión es realmente deseo. En mi infancia nunca fui el primero en nada. Sacaba buenas notas, pero siempre había alguien que era mejor. Jugaba al fútbol y era el portero suplente. Veía fútbol y mi equipo nunca fue líder. Entré en el fútbol y ese equipo nunca encabezó la tabla. Y tuve que irme para ver cómo celebraban este hecho y festejarlo desde la distancia.
¿Seré gafe?, me he preguntado varias veces en el plano deportivo. Me intentaba convencer a mí mismo mirando fotos de éxitos que he tenido la fortuna de celebrar. Ascensos, permanencias, triunfos sonados…trufan un palmarés gilipollesco que se me viene a la cabeza cada vez que veo las acreditaciones que guardo como trofeos en el corcho que adorna mi habitación ibicenca.
Pero ninguna tiene el condimento necesario para hablar de “el año en el que fuimos líderes/campeones”. Y, joder, compites con la firme intención de que un año te suene la flauta, aunque sea por equivocación, y que no te aparezca un equipo ‘tocagenitales’ que, o bien hace el año de su vida, o tienes que gritarle ‘Kiricocho’ cada vez que va a meter un gol para ver si la pelota se va fuera y le recortas algún puntito.
Como os podéis imaginar, he tenido muchos rivales de este tipo. En Andalucía, en Baleares, en Ibiza, en San Fernando. Siempre aparecía alguien que me impedía llegar a la cima. Tocarla con la yema de los dedos. Terminar una etapa por la puerta grande.
¿Sabéis? Mi mayor espina es recordar que, sin yo saberlo, el último gol que canté en mi segunda casa no fue de película. No fue en el descuento. No sirvió para una victoria. No me permitió ser líder. Qué va. Fue el tanto de la esperanza para intentar derrotar al campeón. Fue el último estertor a un sueño pueril que se escurrió en el último mes de competición.
No sé si es una espina o un trauma. Lo que sí sé es que cuando mi actual club se colocó líder hace un mes yo tardé en asimilarlo. Es como si alguien, acostumbrado a ir en chándal, se coloca un chaqué de la noche a la mañana. Te ves bien. Pero te choca.
Y llega el día clave. El día en el que puedes ser CAMPEÓN. De un subgrupo, de una liga más corta. Pero, joder, CAMPEÓN, así en mayúsculas. Y juegas en casa, con público, dependiendo de ti mismo y con un rival que no llega en su mejor momento. Qué puede salir mal.
Cuarenta y siete minutos después del pitido inicial, con los jugadores en la caseta escuchando al míster y aprovechando el intermedio, veo en el móvil que el equipo perseguidor va ganando. Vamos, que ahora mismo está por encima.
Me siento en el suelo mirando al vacío. Necesitaba agua. Para la impresión. Pero no tenía ni eso, y mira que me habían clavado más de un euro por una botella pequeña. Puta vida.
El gol que necesitas no llega. Lo normal en esta vida es el fracaso. El zumbido se muestra incesante. El rival es el antagonista tipo. Duro. Rocoso. Juega sus cartas con maestría y te desespera.
Hasta que llega el momento cumbre. Penalti. A favor. Quedan cinco minutos. Se te acelera el pulso. Te quieres comer el jodido micro y piensas en tirarlo al campo si el balón no entra. Notas que te tiembla la voz y te pides un último esfuerzo para no caer preso de la incertidumbre.
El tiempo se para. El 10 de tu equipo se lanza hacia la pelota y, con el temple que nadie acertaba a tener en ese momento, la roza con el empeine lo suficiente para que el balón se eleve a media altura y caiga con dulzura sobre la red.

La forma de describir esa acción no fue casualidad. Gritaba como un poseso mientras recordaba con rabia todos los momentos frustrantes que me ha dado el fútbol. Mientras recordaba la mezcla de orgullo y de impotencia por las veces que parecía que sí, pero al final no. Recordaba las cuentas de la lechera para conseguir una meta inalcanzable, las hipótesis positivas que se habían marchado por el retrete a lo largo de mi vida.
Un penalti puede marcar una etapa. Un lanzamiento puede convertirse en inolvidable. Y ese disparo sutil, emulando a Antonín, a Panenka, marca un antes y un después para mí. Después de él, llegó el segundo. La alegría. La fiesta. La felicidad.
No, todavía no hemos ascendido. Simplemente he sido el primero, he sido líder por primera vez en mi vida.
¿Lo mejor? Que en la segunda fase suben los dos primeros. No asciende solo el campeón.
Menos mal.



















